Libro "Temblor de Trébol". Reseña Jimmy Abdala

"Temblor de trébol", su segundo libro. Antes había publicado "Efluvios" (2021). Ambos bajo el sello editorial "AP" del también poeta Augusto Paniagua.


Arley hace parte del Taller MECA, Artistas y Escritores de Medellín que coordina el poeta Raúl Henao.
Agradezco la deferencia que tuvo conmigo al permitir que hiciera el prólogo de su obra. Comparto lo que pienso de "Temblor de trébol".




PREFACIO
Niñez, ese territorio donde se forma el hombre. Lugar del que salimos sin abandonar su habitación porque hacerlo es una negación de sí mismo. Nunca más volveremos a ella, es verdad, pero no es menos cierto que los recuerdos nos abren permanentes caminos de retorno. En “Crisálida”, José Asunción Silva nos abre la siguiente pregunta:
“…al dejar la prisión que las encierra
¿Qué encontrarán las almas?”
Podría tomar uno de dos caminos: búsqueda interior o abandono, que esto último significa ruptura con el propio yo, lo que es igual a no aceptación que conduce a un conflicto interior, pero Arley Botero, en su obra poética, “Temblor de trébol”, en un acto de gratitud consigo mismo decide indagarse, para mantener su unidad, sustrato esencial de lealtad, intuito persona, construyendo un valor, recordándonos que nadie puede dar de lo que no tiene, que uno no puede amar si primero no se ama así mismo, como lo demostrará a lo largo de su poesía sublimando al niño que fue. Una niñez de opacidades como sombra sobre la cual sopla con palabras hasta que emerja la luz. Veamos este fragmento de “Vasijas de silencio”.
“Rostros escuálidos sobre la rayuela
la herrumbre del tiempo
recubre los cubiertos
enmohecidos sobre la mesa
vasijas aletargadas
servidas con su porción de silencio”
Lo dice lejos de amargura, sin quejas ni reclamos, lo asume sin perder la alegría como insumo, que todo niño merece como condición natural para desarrollar una mente sana, pero en la otra orilla, es imposible ocultar el desgaste propio de las carencias en la etapa más trascendental de la vida.
Para comprender al poeta basta con leer su obra en donde queda su impronta y la manera como ha forjado su carácter. Él podría haber dicho con Sigmund Freud, “si la humanidad fuese capaz de instruirse por la observación directa de los niños, yo podría haberme ahorrado la molestia de escribir este libro”, pero no fue así, menos en nuestros tiempos en donde impera una sociedad tan indolente que los niños solo importan en la letra muerta de los códigos. Siendo ellos el futuro de cualquier sociedad, en ésta, la de nuestro poeta, sí que importa poco; morbilidad y muerte no trascienden las estadísticas.
Arley Botero es un poeta actual, sus vivencias encajan perfectamente en buena parte de las nuestras, la de él es una vida que se repite sin equívoco en nuestra sociedad.
Veamos cuando dice:
“Conoces el rostro del hambre abuela
tu mano temblorosa en la noche famélica
dejas caer tu risa entre los trastes
separas las cuscas de las sobras
sabes, sin esforzarte por ello
que, en nuestro corazón, habrá una fiesta”
Muy a su pesar “risa” y “fiesta” fungen como desapego a lo material para celebrar el horror de la escasez. Solo la poesía es capaz de cantar esta realidad en la que no se vive, se sobrevive, sin que resida en ella amargura o resentimiento hacia una sociedad y un Estado acostumbrado a gobernar a espaldas de los ciudadanos.
Uno de los momentos más sublime de la poesía ocurre cuando el lector entra en contacto con el autor a través del libro, no solo desaparecen la soledad que rodea el acto de la escritura sino también el de la lectura, creando, paradójicamente, una comunidad; donde el lector dotado de imaginación al intentar comprender al poeta asume la postura de éste dando origen a la verdadera poesía. En esa comunión surge la capacidad de viajar juntos, en este caso a un pasado que puede ser de reafirmación, como simples recuerdos o al decir de Juan Carlos Onetti como una forma de olvido, porque “también se olvida al recordar”. Así que esta suerte de catarsis suele ser doblemente útil para las partes y para la poesía.
Este poemario es una bofetada a la precariedad, a un pasado de cuitas, es una herida que se intenta cerrar con la palabra; en donde la escritura recupera la memoria para reinventar al hombre y sin más ayuda que ésta reintegrarlo a la sociedad, rescatarlo como persona, “sujeto de derechos y obligaciones”; de una infancia, que más bien parece “objeto del derecho”. Esta especie de salvación es atribuible al arte poético. Resuelve de alguna manera la pregunta: ¿y la poesía para qué?
La de Arley Botero es una poesía de ventanas abiertas, sin dualidades, el poeta se sitúa en la parte más alta de sí mismo mira a lo profundo, el niño que fue lo llena de esperanzas, renace en él, escuchemos su voz:
“Florece el reino de la luz
en la mudanza de los días
no hay resquicio de sombra posible
que disipe esta fascinación de estar vivos
ninguna bruma nubla el calendario
de los sueños azulinos de la infancia”

Hay en este poemario una suerte de depuración verbal expresada en la manera como se sublima la palabra, un equilibrio de imágenes moderadas que contrasta con pasajes de lenguaje directo haciendo de su lectura el deleite para cualquier tipo de lector, adelante, la mesa está servida.

Jimmy Abdala Oliveros Envigado, junio 2024

LECTURAS VAIRAS.